'La poesía es un retrato sin pudor de los huecos que dejan las personas en nosotros'. MC

domingo, 29 de diciembre de 2013

Azoteas

A veces me sorprendo a mí misma
preguntándole al pasado
por el paradero de sus presentes.
Siempre me inquietaron las despedidas para siempre
y a menudo les reprocho a los que ya no están
mi torpeza al no entender los hasta nunca.
Creo que querer entenderlo se parece bastante a golpear los cristales de una pecera
y a mí siempre me gustó más el mar
porque en él podías mirar lejos sin encontrar  fronteras.

A veces me asomo al balcón
regateándole estrellas al cielo,
buscando oxígeno entre el humo,
inventando las desgracias de la gente que me encuentro por la calle
como si así yo fuese un poco más Dios y menos tierra,
como si pudiese curarles mirándoles a los ojos...
como si en su dolor, naciesen mis ganas de luchar.

Hay tardes que camino por la ciudad prestando atención al tráfico de miradas
y me cruzo con desconocidos
que seguro
fueron vecinos de terraza en otras vidas.
De hecho, el pasado se parece bastante a mirar gente, nunca sabes lo cierto que es y muchas veces te lo inventas.
Él siempre decía que las azoteas se hicieron con vistas al cielo para querer volar,
para ser un poco más Ícaros
y menos Julio Verne
en sus viajes al centro de la tierra.
Y yo,
en mi afán por entregarme a causas suicidas,
 me declaro dependiente del resto de vidas del universo,
creo que por eso es al leer a poetas como Ernesto o Salem cuando más guapa me siento,
y me tumbo
y me hago alas.
Hay quien dice que lo único que tenemos es el presente,
yo cada día me siento más llena de pasados
 y creo que los recuerdos son lo que más me gusta de mí.
El presente es sentir lo que hicimos ayer...
pero con menos fuerza,
el futuro es construir castillos en nuestros estómagos y llenar sus salones de mariposas,
por lo que podamos sentir mañana.


MC




miércoles, 18 de diciembre de 2013

Fuerzas mayores

He escrito para ti,
y el mundo me ha pedido que no te deje leerme.
Me dijo que sufrías, desde hace ya unos meses...
'fuerzas mayores nos separan' o eso me hizo creer.

No entiendo, para el amor la única fuerza mayor es la muerte.
-Y ni siquiera...-
Pero es igual, como no quiero que sufras... voy a quemar mis cartas.

No sé qué tal llevas eso de olvidarme.
yo una vez escuché en una canción que ningún amor muere, sólo cambia de lugar en la memoria...
y creo que tiene razón.
¿No crees?

Recuerdo tantas cosas, que a veces no sé dónde te he puesto y me creo que te he olvidado.
-cuando eso ocurre, suelo sonreír-

¿Sabes? antes, cuando te pensaba, solías aparecer
entre los besos que inventamos y no hicimos, y la lluvia que nos acompañó a casa el último febrero.
Como un buen amigo que guarda silencio y sabes que está.

Ahora también guardas silencio, pero es distinto...
Algo me dice que se te han acabado las respuestas, que ya no formo parte de tu vida, y que has hecho un hueco bonito en tu memoria, para mí.

Lo peor es que aquí, llamamos recuerdos a aquello que no vamos a volver a tocar.
Como quien se siente más seguro poniendo candados en los puentes.

Quizás el mundo tenga razón, 'fuerzas mayores nos separan'


MC

martes, 3 de diciembre de 2013

"Por el dolor del mundo"

El domingo pasado fue un domingo de dolor, el motivo no os importa así que no preguntéis.
Era uno de diciembre, hacía sol, y aunque parece que suena a ducha larga, ventanas abiertas y Extremoduro llenando el aire de palabras y guitarras, he de deciros que a veces la vida no es tan bella, y donde pone una boca bonita para sonreír deja caer sus más bajos hachazos.
Aquella mañana, lo único que yo pude oír fue el llanto humilde del mundo.
Mi abuelo siempre hablaba de ello, cuando lo hacía nos miraba con ojos profundos como si Dios estuviese detrás de él mostrándonos sus secretos.
"Por el dolor del mundo" decía. Y así brindó todas las dolencias de su cáncer. Por algo que desgraciadamente muy pocos recuerdan y cuando lo hacen, más tristemente aún: suele ser navidad.
El dolor del mundo no se puede imaginar, porque si se pudiese seguramente moriríamos intentándolo.
La tierra está llena de personas rotas que realmente no tienen motivos para vivir y en cambio, ahí están. Sufriendo las ruidosas quejas diarias de todos aquellos que jamás han probado el dolor, y que ignoran que las mayores tristezas son las que provocan los gritos más silenciosos.
Hay quien dice que felicidad y dolor están muy cerca y por eso podemos llorar de alegría. No sé, a mí siempre me ha sonreído la vida y en cambio creo que eso sólo puede decirlo alguien que no ha sufrido.
Como dijo Staples Lewis: "el dolor es su megáfono para despertar a un mundo adormecido". 
Puedes cerrar tus oídos y cruzar los dedos esperando que el destino te bese, o puedes tratar de escuchar y asustarte, e incluso a veces querer morir. Formar parte de una humanidad en la que nos tomamos las fronteras muy enserio e ignorar al prójimo es un tópico, o unirse al unisono de una vida que no entendemos pero que nos lo da todo. 
Bécquer temía quedarse a solas con su dolor, él sabía que desde fuera sus límites son inalcanzables y que el hombre, por naturaleza, teme lo desconocido.
En Peter Pan, Barrie dice que todos los héroes sienten miedo en el instante en el que se lanzan a la lucha, y eso no resta valentía. De hecho, la valentía es fruto de conocimiento del dolor, los valientes son aquellos que se te atreven a vivir escuchando el dolor del mundo.
Es por ello que en realidad: no hay nada más hermoso que un derrotado con su bandera rasgada por vestido.
Yo siempre lo dije: el dolor hace que la felicidad tenga sentido.Y aunque se me encoje el pecho pensando en todo esto, sabiendo que la vida es más fácil de otra manera, os dejo mi invitación en el aire, en vuestras habitaciones, o en el autobús, o en la calle, o dónde estéis... por si alguna vez decidís bailar con los valientes.
Ya sabéis que puede ser el día que queráis, incluso uno de esos de sol que suenan a Steve Harley, a cambiar los abrigos por vestidos y a caminar descalzos por el jardín.


MC

domingo, 17 de noviembre de 2013

Un simple aleteo...

A veces, el hecho de que el amor siempre funcione, pone en peligro su existencia. 
Cuando los labios aletean muy fuerte, sus causas dan la vuelta a la tierra, 
-siete u ocho veces-
Y crecen como huracanes, que a su paso, van borrando los caminos de aquellos cuerpos 
que en un pasado feliz, 
creímos conocer. 
-Solo tras la tormenta te das cuenta de lo poco que sirven los mapas y sus escalas perfectas cuando se trata de la vida-

Me dijeron que terminaría haciendo religión de ésto, 
pero el efecto mariposa ya nos lo advirtió:
"el hecho que comienza aquí,  y continúa sin barreras hasta más allá de los horizontes, 
morirá con todas sus fuerzas al otro lado del mundo" 

El amor, como muchos otros retos que buscan ser perfectos, 
surge con la fragilidad de un jazmín en invierno,
 y puede rodar hasta ser un terremoto devastador de esos que hacen temblar la tierra y los labios. 
Pues la perfección odia los tropiezos, 
esos tropiezos que permiten pausas, 
esas pausas que cultivan pensamientos. 
Es por ello quizás, 
que la perfección, 
es una especie de asfalto suave en el que se permiten las altas velocidades, 
y el mundo hace ya tiempo que se cansó de tanto asfalto entre sus selvas, 
de tanta velocidad entre sus tesoros milenarios. 

No intentemos hacer de él una esfera pulida, 
pues son sus montañas las que evitan que las causas que nacen un día aquí, 
mueran en vano mañana en tierras desconocidas. 
Al fin y al cabo,
los tropiezos al igual que los obstáculos, no son más que cazadores de sueños cobardes.
Si eres valiente te dejarán que les llames "metas" e incluso "éxitos", 
si eres cobarde: "pesadillas", o peor aún, 
"mala suerte". 

Yo 
que siempre amé la lluvia 
pienso que la perfección es como los paraguas, 
si no te atreves a llevarlos al revés, no vas a  ser feliz cuando pasees por el mundo. 



M.C.






viernes, 25 de octubre de 2013

¿No os ha ocurrido nunca que alguien os habla demasiado de algo que ama, y al final termináis amándolo vosotros también?

Es un faro viejo en un peñón de un norte más viejo aún. De esos oscuros por el día y llenos de luz de estrellas por la noche.
Sus paredes blancas roídas por la sal hablan siempre de vientos y tormentas, y es común que la gente que pasa cerca, por casualidad, se pare a escuchar. Sienten miedo, frío y humedad, y piensan que la vida de farero debe ser una de las vidas más tristes y solitarias del mundo. Como si todos necesitásemos del ruido para ser felices.
Lo que nadie sabe es que allí una mujer da vida cada noche a una de las luces más antiguas y esperanzadoras de la historia.
Es una mujer de las que pocas quedan, que nada donde más cubre pues prefiere enfrentarse a los monstruos de verdad antes que a los imaginarios. Y que duerme cuando los demás viven, y vive cuando los demás duermen, pues está acostumbrada a hacer compañía silenciosa a todas aquellas mujeres de pescadores que esperan pacientes cada mes, cada día y cada hora a que la mar les devuelva lo que una primavera en un altar, juraron suyo para siempre.
Una mujer cuya vida nadie conoce y a la que parecen no importarle las habladurías, pues ha leído tantas novelas y tanta poesía que ya no se preocupa por diferenciar entre verdad y ficción. Qué más le da si su vida es un cuento, de esos que hablan de sirenas, se leen antes de dormir y  se arrugan entre las sábanas los lunes con prisa.
En fin, no sé si porque lo lleva en la sangre o porque se empeña en ello, pero a cualquier persona le resultaría imposible negar que a ella el mar le queda bien. Lo lleva escrito en sus ojos, en sus colores grises y en sus rutinas descansadas. Qué esperar de una mujer de esas con vestido todo el año, con camisón todas las noches, con abrigos largos sin capucha y sin paraguas bajo el brazo.
Sólo ella se despierta todos los domingos a las doce en una torre de piedra y cristal, con vistas a un Cantábrico que huele a verde y a azul, acostumbrada a que la gente que pasa por ahí, siempre lo haga de camino a otra parte. Gente que nunca podría imaginar lo feliz que es ella, con su viento y su humedad, viendo como la luz parte de los espejos de su faro, acaricia las aguas negras y da paz a los ojos marineros con deseos de pisar tierra firme.
Ella es algo así como un día sin guerra en el mundo. Sólo  llora cuando sus libros se lo piden, cuando las letras dibujan traición, o muerte, o incluso amor, y ya sabéis que llorar por mero amor al arte es como disparar flores.
En fin... Una mujer que entiende de alas que no vuelan y de cielos sin pájaros, que sabe que navegar es algo así como volar por el suelo y andar en el aire. Sí... para ella nadar es una mezcla entre ambos: no pisas tierra y en cambio puedes hacerte daño.
Y quién me creería si os dijera que ella enamoró al viento. Que él es constante en esas costas, porque en sus mapas de alisios y polares consta una parada obligatoria en su pelo. Parece una locura pero aún no he encontrado una explicación mejor...
Por eso las gentes piensan que la vida de farero es fría y solitaria. Porque no saben escuchar el viento, ni el mar que éste empuja rugiente contra las rocas.
Toda esa gente vive entre muros y por ese motivo no entienden lo que es la esperanza en el mar, cuando no hay horizontes y estás perdido, cuando tu vista se cansa de mirar siempre lejos. Allá donde no hay paredes que protejan de vientos, de tormentas, de bestias, de muerte y de otras gentes. Diferente a todas aquellas ciudades que creen que  mirar por una ventana es suficiente para entender el mundo.
Dicen y yo lo creo, que sólo los marineros saben en verdad lo que es la esperanza, los marineros y las madres y padres cuyos hijos enferman. Sólo ellos besarían todos los faros de todas las costas del mundo, y son los únicos que se acuerdan de que siempre hay alguien en alguna parte que lucha todos los inviernos y todas las noches por si acaso lo necesitasen.
Alguien como la mujer que habita el viejo faro. Que llena de olor a café todos los sábados la bahía y que cuenta cada fin de año los pies que el mar ganó a la tierra, como si nunca hubiese oído hablar de las nocheviejas con uvas, relojes y vestidos rojos. Como si hubiese hecho un pacto con el mismísimo océano, "me permitirás vivir a tus orillas y yo a cambio te contaré cuentos".
En fin, nadie más en el mundo parece conocer el nombre de la farera. Yo tampoco. Sólo sé lo que sabéis vosotros que es lo que el viento me cuenta a veces cuando camino cerca, allí donde el horizonte se parte y se hunde en el agua. Allí dónde muchos pasean y rezan, y se besan, y se tropiezan y se suicidan.
Yo sólo tengo un motivo para pasear  de vez en cuando, y es que al mar, allí, parece no importarle que una vez al mes la luna no salga. Es normal, si él ya tiene un faro, el último faro vivo en muchas millas de costas viejas. Es por eso quizás que sus aguas marcan ritmos diferentes, semejantes al mecer de una nana al son de las tormentas, pues es el faro algo así como los ojos de una madre, que nunca descansan.
Lo cierto es que hace ya bastante que procuro no escuchar al viento, él siempre habla de ella y de lo mucho que se enreda en su pelo.

¿No os ha ocurrido nunca que alguien os habla demasiado de algo que ama, y al final termináis amándolo vosotros también? Quizás es ese el otro motivo por el cual yo, día sí, y a veces día también, me acerco allá donde las tierras terminan a velar por la hermosa y solitaria farera.


MC.






lunes, 14 de octubre de 2013

Sol y frío.


El otro día viví una mañana de esas un tanto contradictorias.
Ya conocéis todos esa sensación extraña de frío y de sol propia de las mañanas de Septiembre. Esas primeras heladas que nos resignamos a aceptar, y que nos lanzan a la calle a luchar sin más armas que vestidos y mangas cortas, por un verano débil que ya huele a muerte. 
Era viernes y pese a que a todos nos costaba respirar sin dibujar nubes en el aire, las calles estaban llenas de vida.
Descubrí el porqué cuando al girar una esquina me topé con dos jóvenes que mendigaban. Uno tocaba la flauta travesera y el otro decía cosas bonitas a las mujeres que pasaban. 
Cómo no: la música y sus milagros, allá donde toca hace que todo tiemble y se sacuda, haciendo que los problemas y las tristezas se caigan uno a uno, donde menos te lo esperas, para que no puedas encontrarlos jamás. 
En fin, pensé: "si tu vida es viajar por el aire besando los oídos de la gente, qué mejor que llenar de veranos las calles frías del otoño".
Si ya lo dijo Platón: "La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo".

Seguí caminando y cuando pasé a su lado, uno de los mendigos que sostenía un sombrero viejo lleno de monedas de cobre, me saludó: "¡Buenos días!". 
"Buenos días" dije yo. 
Me miró serio y añadió: "¿Ni siquiera una sonrisa?" 
Y yo, como era inevitable, sonreí. 
"¡Ves amigo!" dijo el mendigo "Una sonrisa bonita ¡hoy hemos hecho fortuna!".

Admitidlo, después de ésto es imposible pensar que el mundo es una mierda.
O eso, o es que soy débil y me pueden las palabras bonitas. El caso es que seguí calle arriba con la sensación de que el verano había vencido y los calendarios tendrían que tragarse sus propias palabras. Como si de pronto todo tuviese un sentido justo.

Poco después, cuando apenas había pasado una hora, yo volvía por la misma calle. Sobre las mismas huellas pero al revés.
Doblé la esquina, para mi asombro la música se había callado. La gente iba con prisa pues se estaba preparando una tormenta. Y dónde antes había encontrado esa fuente de felicidad ahora había dos policías y dos mendigos con caras largas dando explicaciones, que seguramente, jamás les dejarían escribir y nunca nadie escucharía. 
Sentí que un torbellino frío me agarraba y me hacía odiar a aquellos policías. Mercenarios del Estado que preferían encarcelar artistas a encadenar a todos aquellos que día sí y día también nos roban a todos. 
En fin, cómo no pensar que el mundo es una mierda después de ésto. 
Otra vez me sentía inútil con mi vestido azul luchando contra el largo invierno. Él siempre ganaba.

Maldita sea, de nuevo me temblaban las rodillas, ¿cómo es posible que en una misma mañana el mundo se contradiga tanto? 
Y es que mientras los humanos tengamos esa manía de recorrer siempre los mismos caminos para sentirnos más seguros, será inevitable no volver a chocar con todos esos metales pesados que la música dejó caer cuando nos tocó y nos hizo temblar.
La felicidad había llegado tan rápido como las palabras abandonan los labios para hacernos volar por dentro, y se había ido con la misma destreza con la que los labios escapan del beso que no desean. 

Es curioso, siempre pensé que en las mañanas frías y soleadas de septiembre era difícil saber con certeza como debemos sentirnos. Para que luego digan que la relación entre nuestro estado de ánimo y la naturaleza es cosa de los tópicos literarios. Que vemos tormentas donde no las hay y soles donde nunca han existido. Pues mirad, creo que son esas contradicciones las que nos hacen vivir un poco más allá de los caminos conocidos.
Del mismo modo que es la injusticia la que nos hace imaginar todas esas leyes justas que aún están por escribirse. Y es la búsqueda de justicia la que, en el futuro, nos hará fundir los cañones y las armas del pasado para hacer con sus metales Victorias de Samotracia y Venus de Milos. 
He tenido amigos que han desconfiado de mí por decir que la mentira era necesaria para que existiese la verdad. Y me han odiado cuando han venido llorando pidiéndome ayuda y yo les he dicho que el dolor y la tristeza son necesarios si queremos que exista la felicidad.

No les culpo, forma parte de esta curiosa manera de vivir que he escogido. Yo no quiero convencer a nadie, pues el hecho de que haya personas que no estén de acuerdo forma parte de mi manera de entender el mundo. Pues yo pienso que todo debe ser así: un poco contradictorio. Como las mañanas frías y soleadas de Septiembre.


M.C.




jueves, 3 de octubre de 2013

Fin. Sin despedirse.

¿Qué hacer con el amor cuando se rompe?
Si nos pasamos la vida haciendo de sus misterios un diccionario de títulos sin explicación.
Elevando con sus avatares un castillo sagrado, que al fin y al cabo: si soplas, se va.
Pues amor llamamos a todos esos trocitos de papel que rasgamos de los libros de poesía.
Amor es las ganas que teníamos de comernos todo. El mundo también.
Y ahora que parece que todo acaba... ¿qué es de toda la piel que le prestamos al amor cuando tenía frío?
¿Qué es de todo el tiempo que gastamos en pensarlo? Porque el que gastamos en hacerlo ya sé yo que ahora ha vuelto: en forma de recuerdos que duelen y de olores que no se van.
Porque yo sé que es imposible enamorarse sin hacer himnos, y como el primer amor nunca es el último: es imposible vivir sin quemar banderas viejas.
Igual que hay palabras que roban besos y palabras que roban bofetadas, hay personas que nos roban tiempo y nos hacen viejos y personas que paran el tiempo y nos hacen la vida.
Así que una vez entendido que "siempre" dura lo que duramos tú y yo, a veces cuando nos quedamos dormidos, hemos de admitir que del amor sólo entendemos sus metáforas.
Pues nos convencemos de que el corazón y la cabeza han de luchar para entender la pasión sin que nos duela, y nos arrastramos por el campo de batalla, que es su cama, para creerlo más, cuando al final toda esta guerra se debe a que tememos la verdad: todo es pensamiento.
Ya que la posibilidad de enloquecer nos acobarda, pues si el amor fuese hilado en nuestras cabezas el mundo se desbarataría: el amor es loco y la mente es razón, y la razón y sus dogmas de los que hemos hecho imperio, no serían más que pecas en las mejillas del universo.
Por eso nos medicamos pensando que  es cosa del corazón.
Del mismo modo que acusamos al olvido de imposible y en el fondo es que nadie quiere olvidar.
Y ahora que el amor se ha roto, de esta manera tan cruel  -porque el amor no puede romperse de una forma hermosa- te parece que nada funciona.
Porque realmente a uno le cuesta creer que el universo pueda acabarse con esa fragilidad, con ese gesto tan injusto y tan breve, como quien dice: Fin. Sin despedirse.
¿Recuerdas cuando el amor hacía que le dijeses: "Tú eres mi idioma"?  Ahora ves como amando, uno tiende a abandonarse a si mismo. Y como todos sabemos eso de estar en ruinas es peligroso, casi tanto como soñar más de la cuenta.
Pues lo cierto, es que muchas veces el amor se parece bastante a la suerte: que sólo está de paso.
Pero yo sé que nada de esto vale cuando me miras, y tus ojos llenos de experiencias fallidas y de vejez me preguntan: ¿qué hacer con el amor cuando se ha roto?
Como si yo a mis dieciocho lo supiese    t o d o.
Y es que a mi también me duele el mal ajeno, porque aunque no sé que hacer con el amor cuando se ha roto si sé decirte que creo en la reencarnación: creo  que nos pasamos la vida naciendo y que el amor es una forma de nacer de dos en dos.
Y aunque no he vivido ni la mitad que tú, sé también: que es difícil querer vivir viendo como tu mitad, esa que nació un día contigo, muere para nacer lejos de ti.

Me miras y siento que mi diccionario sea joven y que aún no entienda de ganas de morir, siento haberme saltado los versos tristes de los libros sabios, siento no poder hablar más con la boca que con los ojos...
Siento que tu amor se haya roto así.


Para  R. Aunque sé que jamás me leerás y que quiero que siga siendo así.
MC









martes, 17 de septiembre de 2013

Tú y tus atentados en mí.

Soy víctima irremediable.
Al mínimo revuelo me deshago en sentimientos.
Aquello que dicen de sentir a flor de piel abandona sus fronteras y se filtra en mí, creciendo como un jardín, por todos mis rincones.
Y ahora que llega el otoño y que parece que la vida pasa más despacio, me atrevo a gastar unas letras más de nuestros momentos.
Te sonará divertido pero, cada vez que veo un coche rojo pienso en ti.
¿Por qué? Si las carreteras están sucias y nunca conduces tú.
“Por qué” es mi pregunta favorita, curiosamente es la única que no suele tener respuesta.
Y es que yo ya  no sé si he dejado de pasear, o he empezado a hacerlo con los ojos cerrados. Todo por evitar recordarte.
Pero qué hermosa era la vida cuando funcionaba entre los lunes y los viernes, qué perfecta cuando nos encontrábamos los sábados, por ahí.
Qué difícil hoy, admitir, que mis semanas terminan los jueves, en un barrio viejo, en otra ciudad, lejos de ti.
Ojalá algún día me sorprendas en uno de mis paseos a ciegas.
Sé que en ese momento te reirás, con la risa de quien espera algo más. Y me mirarás, como siempre, con la mirada de quien contempla su reino devastado.
Te diré que mi vida va bien. –A veces, cuando no me acuerdo de ti-
Que, como ya sabrás, Madrid es muy grande y aún me pierdo.-Si supieses la cantidad de coches rojos que hay, y lo difícil que es contarlos cada día-
Sé que nos encontremos un sábado, y tú compartirás tu paraguas conmigo. Ya sabes que yo no suelo usarlo.
En fin, malditos paseos bajo la lluvia.
No sé si para bien o para mal, no habrá muchas palabras que decirse, así que nos despediremos pronto. Como quien escapa de París ardiendo, con la sensación de que el mundo se cae hacia el techo, otra vez.
Y es que ya me da igual si nos encontramos bajo la lluvia o el sol. Yo solamente quiero, que estés solo. Sin manos cogidas, ni planes, ni restos de otro cuerpo en los labios.

Si tu supieras con que nitidez recuerdo aquellos días en los que solía emborracharme para caminar por tu espalda, pues el alcohol era la excusa perfecta para poder hacer el camino dos veces.
Si me hubieses dejado despierta, aquellas noches en las que asomaba la barbilla a la ventana estrellada de tus ojos, habría podido escalar, sin más cuerdas que las de tu pelo, las cumbres frías de tu orgullo, tu costumbre y tu libertad.
Porque yo sé, que si me hubieses dejado un poco menos de espacio en la cama, hoy serías tan feliz como yo cuando me miras.

Y es que no te imaginas como me cuesta hablar de ti sin perderme en los silencios, sin inventar tu vida entre letra y letra.
Si lo supieses, quizás, no te importaría tanto tomar algo el jueves conmigo.
Sin compromisos ni puntualidad, ni lugar fijo en el mundo. Pues cómo íbamos a encerrarnos en un bar, aquí, si la mejor cerveza la sirven en el norte. Cómo arriesgarme a no ir al sur y quedarme con las ganas de decirte: “qué hermoso queda el sol en tus pestañas”.

En fin, tantos planes –miles- para tan pocas posibilidades –una entre un millón-

Y como estamos en otoño y parece que la vida va más despacio, hasta la lluvia cae a un ritmo diferente, me estoy atreviendo a pasear con los ojos abiertos, perdiéndome.
Pues sé que algún día podré hacerte reír diciendo: “Madrid es muy grande, y aún me pierdo”.


Una vez más soy víctima irremediable.
Maldita la ciudad y sus paseos entre coches rojos.
Maldito tú
y tus atentados en mí.



M.C. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Que la vida del poeta es solitaria, que sí.

Nos conocimos a las siete de la tarde, un viernes lluvioso.
A las once, nos besamos, y a las tres me dijiste que dudabas de mi fidelidad, que mis versos te descolocaban las faldas y las lágrimas, las dudas y el dolor.
Me pediste que te hablase de mis musas, que te explicase el porqué de mi debilidad.
Lo que tú no entendiste es que yo escribía a la vida porque sí. Porque mi papel en el mundo era ese, y el tuyo: estar lejos de mí.
Que la vida del poeta es solitaria, que sí.
Que aunque lo parezca no amamos más que el resto, simplemente, nos atrevemos a escribir.
Y diste un portazo con los ojos, de esos que en los recuerdos no suenan.
Me dijiste que temías la muerte, y que querías ser eterna.
"Por supuesto, ¿qué mejor solución? ser amante de poeta".
Sólo querías romper mi vida, mi rutina de calles mojadas. Sólo querías que yo escribiese sobre ti, sobre la forma en que colocas los dedos cuando fumas, sobre tus manías al dormir.
Querías verte escrita, para no morir nunca, querías cumplir tu setecientos cumpleaños enamorando universitarios en todas las bibliotecas de Madrid.
No entendiste, que la muerte es cosa de todos. Que vivir como las musas es una batalla campal entre los celos, los domingos y las teclas. Y me pediste que quemase a todas mis reinas, que si había lugares en el universo estaban en ti, que si había sentimientos me los ibas a dar tú.
Me prometiste que morderíamos todos los vasos de todos los bares de la ciudad, que no habría tiempo para días catorces, ni para orgullo, ni para abrigarse a la hora de salir.
Me juraste que siempre me recordarías, que yo también iba a ser eterna porque tú les hablarías de mí.
Y ahora que sé que tú no morirás en ninguna de mis poesías, que vivirás para siempre colgada en los labios de la gente, entonces, como el portal que guarda las huellas de la lluvia seca de las noches sin abrigo, yo, vuelvo a ser poeta.
Solitario, de los de verdad. Un recuerdo más, eterno en las letras de todas aquellas musas que jamás podrán  hablar de mí.
Fue entonces cuando le temí a la muerte y me juré disimular todo lo que pude: la lírica, la retórica, los ritmos suaves y las comas.
Dos meses después le conocí, era sábado y hacía sol. Tuve suerte porque era poeta. Sí,  una de esas personas que llevan el mundo colgado en los ojos, que no saben irse sin hacerte sonreír. Le dije que temía a la muerte, y que quería ser eterna.
Fui su musa. Brindé en todas sus letras, y escribió sobre mi forma de llegar tarde, de pedir perdón. Sobre mis mentiras y mi curiosa manera de doblar las sábanas.
Pronto supe que jamás moriría, que las teclas serían para siempre los latidos de mis otras vidas.



M.C.

martes, 27 de agosto de 2013

Carpe Diem


Son las tres de la madrugada y no puedo dormir.
 Ha sido otra vez esa maldita frase: "cada segundo es oro". Me ha despertado, con el mismo golpe brusco de un despertar bajo la lluvia fría, con el mismo escalofrío que produce el corretear de una araña por el cuello.
Y yo, que siempre ando condenando los caprichos del tiempo, su prisa y su falta de tacto, no puedo evitar pensarlo... 
"Cada segundo es oro". Así, con esa convicción, una y otra vez.

Hace ya tres veranos que aquel viejo amigo me delató, jamás olvido aquella frase: "María, tú tienes un problema, y es que vives cada segundo como si fuese una vida entera".
Tenía quince años, dieciséis, yo qué sé... El caso es que  tenía razón.
Tanta razón, que al final me he dado cuenta de que llevo dieciocho años construyendo una vida llena de vidas. Miles de segundos marcados por una diferencia crucial, cada uno tiene su propia historia.
Ésta verdad roza la utopía. En un instante tan breve y tan efímero no es posible que ocurra nada de lo que posteriormente podamos ser conscientes. Un acto reflejo, un parpadeo, medio latido del corazón. Nada de lo que pueda hablaros.
No obstante, un segundo es





Poco más de lo que has tardado en recorrer con la mirada este espacio en blanco. Cuatro líneas, más o menos. Ciento sesenta letras. Entre microcuento y refrán.
¿Cuántas historias no caben en ese segundo tuyo?
¿Cuántos segundos ignoras?  Escondiéndolos bajo títulos mayores:   minutos, horas, días. Por pereza, por miedo a darte cuenta de una verdad que el masoquismo del tópico ha tapado: "La vida es larga". Sí, mucho más de lo que imaginamos.
Es por ello que yo, aun siendo joven, me atrevo a denunciar vuestro estúpido carpe diem "vive cada día como si fuera el último".
Y os ofrezco el mío: "vive cada segundo, como si fuese una vida entera".

Porque nadie podrá contar vuestras historias, nadie podrá escribirlas, pero la sensación que deja el buen cine bajo los párpados, el vapor de la ducha haciéndose frío en las pestañas, el licor suave bebido directamente desde su vaso, esa sensación vaga de no poder con más belleza, de no entender de tiempo ni de mundo, esa sensación no puede escribirse, no puede hablarse. Como el segundo, que es sólo recuerdo. Sólo una sonrisa breve en el rostro, un hueco no vacío en la historia de nuestros minutos.

Y es que la vida es así de muda, y hemos de llenarla con todas esas cosas que no entendemos, que no sabemos guardar de otra manera.
Del mismo modo que bebemos el champagne sin contar sus burbujas, y que limpiamos nuestros labios de la sal del mar sin contar sus cristales.
Con esa paciencia propia de quien vive cada segundo aún sabiendo que jamás podrá hablar de ellos, y que se ríe de la prisa de todos aquellos que viven "día a día", o más bien "de día en día", saltándose todas esas maravillas que hay entre medias, lamentando el paso ligero de la juventud y excusando su brevedad con tópicos que, aún siendo ciertos, no acaban de entenderse bien.
Vivir, del mismo modo que leemos sin contar las letras, que nos acariciamos sin contar los poros de la piel. Con esa pasión propia de quien no cuenta su tiempo, simplemente lo vive sabiendo, que la vida, puede ser larga.

M.C.

viernes, 16 de agosto de 2013

La vida es ese tiempo que pasamos creyendo en la muerte.

A dónde va la vida tan llena de paradojas y de cuentos mal leídos.
Ya es hora, ¿no? de que nos enseñe en verdad cuales son sus intenciones. Qué esconde tras su cara bonita, bajo sus tacones alegres. Qué es eso que se pasa el  día fumando y que nos llena los pulmones de aire muerto, de aire muerto que nos da la vida.
Qué se piensa, si nacemos creyendo en la muerte. "Es lo normal, a todos nos llega". Y en cambio, ninguno nace entendiendo, ni siquiera creyendo en una mera teoría acertada, ni mucho menos convincente, acerca de dicha señorita desaliñada.
Si al fin y al cabo: la vida es ese tiempo que pasamos creyendo en la muerte.
Esos años, más o menos, que pasamos preguntándonos "¿qué te llevarías a una isla desierta?", "¿qué deseo pedirías a un genio que no te da más de una oportunidad?". Y que la mayoría pasan respondiéndose con cosas meramente inútiles y limitadas...
¿En serio, a nadie se le ha ocurrido nunca responder "la vida"?!
Como si pudiésemos prescindir de ella, de sus manías, de todo aquello que nos da, de todo aquello que necesitamos para creer en la muerte: Las personas.
Porque todos conocemos a alguien que ya no está, que sabemos que no va a estar jamás. Nunca. Y que en cambio sabemos con total certeza que estuvo, porque le tocamos, le vimos, le hablamos.
Inmediatamente te colocas en su lugar, "mi hora llegará", pensamos, como quien habla del tiempo en un ascensor.
La muerte, esa muerte que procuramos fotografiar en nuestra mente de la manera más natural. En el fondo es como esas personas que nos  traen locas, para bien y para mal. Esas que no sabemos por donde coger, si por los pelos o por la cintura. Se nos escapan, o son más de lo que imaginamos, o menos de lo que les atribuimos.

He aquí, la vida y sus manías. La ves tan libre, tan fugaz, tan llena de posibilidades, con sus faldas cortas de colores, con sus labios finos llenos de secretos, y te preguntas a ti mismo: "¿Qué te llevarías a una isla desierta?"
Tonto, admítelo. Se te van los ojos tras esas piernas largas. Tras esas promesas llenas de azúcar glas. Tú, al igual que yo, te llevarías la vida, la tuya propia. Con tu mundo y todo aquello que la forma.
Si, al fin y al cabo, la vida es como un mar lleno de islas desiertas. En su interior rebosan maletas rotas llenas de mundo. A sus alrededores caminan en silencio numerosos viajeros cuyos equipajes se extraviaron por el camino.



M.C.




lunes, 12 de agosto de 2013

Quiero hacer una tormenta de verano en ti.

Quiero una tormenta que rompa los paraguas
que obligue a las personas a levantar la mirada del aburrido suelo.
Que llene las calles de resbalones, de tacones rotos,
de rizos y labios mojados.

Quiero que sea oscura,
y gris.
Que empiece muy poco a poco: cuatro goterones fríos,
veinte, mil...
infinitos.

Quiero que nos atrape en mitad de la playa
con los pies llenos de arena y las pestañas,
 llenas de sal.
Que nos ruja, y nos amenace con sus uñas negras.

Quiero su ruido bruto,
obsceno.
Lleno de sustos infantiles, de falsas supersticiones,
de chispas blancas.

Quiero una tormenta que mate la luz,
que encienda las velas,
que apague el mundo y sus atascos,
 durante unas horas.

Quiero una tormenta que nos sorprenda en Madrid,
una de esas tardes de luces rojas, sin rumbo,
sin dinero.
Que nos erice la piel de los brazos, de los muslos,
de la nuca.

Quiero que encharque los estrechos portales,
llenos de besos.
Que ensucie los suelos limpios de los bancos,
con sus barros, con sus paraguas negros rotos.

Sí,
una tormenta de esas que te calan,
que te dejan sin ropa,
y sin pieles que valgan.

De esas que se filtran en ti, y te llenan los ojos de agua...
Y te desnudan.
Que se llevan los miedos,
las cadenas de humo, la monotonía del sol.

Quiero una de esas que nos hacen escuchar música,
de piano.
Que desatan nuestro romanticismo más fiero.

Quiero una tormenta contigo,
para bailar como en verdad se ha de bailar.
Descalzos, en blanco y negro.
Sin más música que el tintinear de las goteras, desde tu pelo.

M.C.






sábado, 10 de agosto de 2013

Cincuenta estúpidos minutos de cosas sabias.

Es primavera y  llueve a cántaros. Han pasado ya treinta y seis  minutos de clase y el profesor aún no se ha callado.
Agradezco sus clases, cincuenta minutos diarios de filosofía comprimida que me ayudan a recordar las cosas que en verdad merecen la pena. Cincuenta minutos no perdidos de mi vida. 

-"Érase una vez... ¿Cuándo? ¿Qué vez de todas?... Siempre es érase una vez".
Me encanta como habla ese hombre, me abruma la rapidez conque me hace cambiar de ideas.

Hoy he aprendido que mis cincuenta estúpidos minutos, apenas existen. 
Exacto,     n o       e x i s t e n. 
¡Estamos locos con el dichoso tiempo! Creemos en él, nos sometemos a él. 
Si le preguntamos a cualquier persona que qué es lo que entiende por "origen", seguramente se explaye hablando acerca del universo, del big-bang, o de Dios.
Pero, atentos, esta sólo es la concepción europea del asunto. Y claro, diréis, europea tenía que ser, siempre con tantas prisas y con tan poco sentido del humor. 
"La realidad tiene un inicio en el cual son creados las dimensiones de espacio y tiempo, y otras muchas que desconocemos. En dicha línea nos movemos nosotros, caminamos, sin más remedio hacia su oscuro final."
Nuestra realidad es una línea en mitad de una nada desconocida. 
Pero, os recuerdo que esta es NUESTRA realidad, no la de todos. Nuestra realidad tiene una compañera muy cercana cuya razón se ha perdido bajo la presión de la cultura cristiana y occidental. 
Esta desconocida dicta unas leyes tan estrictas y tan innegables que dejan en evidencia cualquier intento de debate. 
Es fácil: antes del principio de nuestra línea temporal, la realidad no existe. Estás fuera de ella. Y al final, cuando desaparezca todo ocurrirá lo mismo. 
¿La realidad puede acabarse? ¡NOL! Porque si la realidad terminase quedaría una nada, y esa nada sería la nueva realidad. 
Ni empieza ni acaba. Podemos borrar con total seguridad la angustiosa línea del tiempo que convierte mis clases favoritas en cincuenta tristes minutos.
El profesor ha preguntado ahora "¿qué es el tiempo?". Tras oír muchas estupideces entendemos que no es más que una unidad de medida. No más que una pulgada o  un centímetro. Es una unidad de medida que unifica movimiento y espacio, "un año es lo que tarda la tierra en dar la vuelta al sol". 
Está claro, una unidad de medida, un invento más. 
Relojes, cronómetros, alarmas, nos rodeamos de tiempo. Estamos obsesionados con una convicción más suicida que razonada. 
Recordemos, "la realidad existe siempre. Es el origen continuo de las cosas. Es un círculo cerrado, una forma eterna."

Suena el timbre, y, como siempre, ya nadie le escucha. En fin, viva Parménides.
"Si somos es porque hemos sido siempre, y por tanto, no dejaremos de ser. Lo que seamos ahora lo seremos el resto de la eternidad".

M.C.



martes, 6 de agosto de 2013

Te invito a dar la vuelta a mi cuerpo en ochenta días.



Como un torbellino que muere al chocar contra el mar,
con los ojos azules,
el camisón lleno de mermelada fría
las manos aceitosas, llenas de pan,
me presenté
sin vergüenza, ante las puertas de su despacho.


-"Te invito...".- Dije, con tímido aliento a café y azúcar

Encaramándose al atril
levantáronse sus ojos de sus libros, por primera vez en aquel verano.

-"La geografía puede esperar,
la física puede esperar,
las lenguas antiguas pueden esperar".- Pensó
-"Siempre y cuando se trate de una mujer".


Avancé,
mis pies descalzos palmeaban contra el frío suelo.
Mis labios finos retomaron la palabra,
otra vez, ese olor a desayuno a medias

-"Te invito a dar la vuelta a mi cuerpo
en ochenta días".

Dije,
como quién comienza a leer un poema por primera vez.
Con esa pausa recta y eterna,
de un segundo, segundo y medio,
que precede, sin musicalidad alguna
al flujo de la lírica incontenida.



"Ochenta y no más".-Añadí.



Tomé sus manos,
mezclando el aceite y la mermelada
con las huellas suaves y negras del lápiz sobre su piel.
Proseguí:


-"Y mira, de veras
que odio las cifras.
Las odio tanto que deseo su muerte
su muerte más dolorosa"-


-"¿Algo así
como morir la primera noche de verano?"- Me preguntó.


Acortáronse las distancias,
no dije nada,
pero tenía un beso a medias en los labios.


Él, sonrió.
Mi piel ardía,
mis pensamientos,
...también.

-"Si me miras así".- Susurré.
"te invito otra vez"-

Abrió la boca,
suavemente coloqué un dedo sobre sus dientes.


"Recuerda...
Ochenta días, no más.
Y digo ochenta, porque es un clásico..."

Me acarició el cuello.
Ahora mi cuerpo parecía Alcalá20
aquella madrugada,
aquel diciembre de 1983.

-En fin...
Como decirte que me muero,
por conquistar las noches de Madrid
desde tu ático.

Por gastar mis ochenta vidas
a tu lado.

Tus ochenta muertes,
sin que pierdas
tu mirada de gato.-

Te acercas, y oigo tu respiración.
Me miras,
como lo haces siempre,
con esa mirada que no recuerdo haber visto nunca,
que no imagino,
volver a ver jamás.

Maldigo a aquellos capaces de hablar con palabras que queman
con palabras que muerden,
con palabras que tocan.
Te maldigo
a ti.
Por hacer de mí,
en un chasquido de tus dedos
la criatura más débil, de todo el universo.

-"Te invito,
a ti solo. Ni Paspartú ni tus maletas vendrán contigo,
tampoco tus recuerdos.
Ven, descalzo,
de lunar en lunar, sin más equipaje que tu piel"-.

Me sonríes... Más todavía
como lo haces siempre,
con ese gesto que no recuerdo haber visto nunca,
que no imagino,
volver a ver jamás.

Qué estúpida me siento,
que pequeña,
a tu lado.

Y es que no sé como decirte,
joder
que quiero que me camines a besos,
que compartas tu butaca en el cine,
conmigo.
Que me des tu parte más amarga,
que me completes con tu sabor a tinta vieja,
estropeada,
a geografía inútil.
Inútil,
porque sólo yo, sé,
que te perderás
en mí.
Que tus ochenta días se quedarán cortos,
que ninguno de tus mapas hará justicia.

Te perderás,
y gastarás tus ochenta muertes,
mis ochenta vidas,
bailando en mis manos,
bebiendo de mi lluvia.
Marcando con cruces
en mi cuerpo, los desiertos,
los mares,
los tesoros.




M.C.









lunes, 5 de agosto de 2013

"El mundo es un telón de teatro tras el cual se esconden los secretos más profundos" Rabindranath Tagore



Si el mundo fuese el gran y preciso teatro del que muchos hablan, y cada uno de nosotros encarnásemos un complejo personaje, cuyo guión hubiese sido escrito anteriormente por las manos de la vida, cabría mencionar la valentía de ésta.

Me apuesto el cuello a que a cualquiera de nosotros nos temblaría el pulso si tuviésemos que decidir con que suculentos trapicheos, pasteles y espinas han de encontrarse nuestros compañeros de viaje.
No obstante, creo que la vida no se lo piensa dos veces. Para ella sólo es un juego, un juego en el que nosotros somos sus naipes y nuestros avatares sus castillos más frágiles.

Entre su creación artística existen dos escenas que parecen ser sus favoritas. Por un lado, la muerte. La curiosa y repentina muerte. Por otro lado, el amor. El curioso y repentino amor. Nadie se libra de ellos.


Un buen día nos viste, con todo el esmero conque le es posible. Nos maquilla, no solo los ojos y las mejillas, también nuestras palabras y nuestros gestos. Nos anuncia al mundo, y nos hace pasar a través del oscuro telón color carmín.

Antes de lo que imaginamos, antes incluso de que nuestros ojos se hayan acostumbrado a la empolvada luz de los focos, entonces, nos enamora.

Muchos no aguantan ni media reverencia. Salen a escena, con sus zapatos negros, brillantes, ajenos a un sentimiento que merece mucho más que un efímero aplauso, y cuando este les agarra por la corbata y está tan cerca que se hace posible el leer en sus labios ese amasijo de ilusiones, de miedos y de dudas, entonces, deciden huir. Tras el bosque de tempera verde y cartón, bajo los percheros y los bombines.

El escenario queda en silencio, el público contiene las lágrimas. El profundo dolor de la tragedia no nos permite escuchar la risa tímida de la vida.


No obstante, por otro lado, hay quien dedica todas sus apariciones a ello, a enamorarse, y no solo en las escenas luminosas que terminan sacudidas por los aplausos del público, también las oscuras, tras el telón de terciopelo rojo, bajo el calor del disfraz, entre los sueños y las intrigas.

Entonces la vida enmudece. Curiosea entre nuestros sentimientos, desde el estómago hasta la punta de los dedos. Suspira... "Es el amor tan extraño, más incluso que la propia muerte".






M.C.

sábado, 3 de agosto de 2013

Hablo de crisis y no de dinero.

 Recuerdo hace unos años cuando la chirriante, cansina y equívoca  palabra "crisis" comenzó a escucharse en boca de todos. Con crisis se hablaba de economía, de paro, de desahucios, de bancos, de estafadores, de política,  de impuestos, y de un larguísimo etcétera de palabrejos malsonantes, fríos y extraños.
Recuerdo lo lejano que sonaba todo y lo difícil que es, aún hoy, darse cuenta de lo que en verdad está ocurriendo. Y es que en el fondo, amigos, toda esta crisis y toda esta mierda son producto de duros años asumiendo en cada telediario, una dosis de economía deprimente. 
Lo que no nos contaron, a parte del paradero de todo ese dinero, que obviamente conocen, es que la maniobra de alienación estaba siendo llevada a cabo con total éxito. 
¿Alienación? Si, amigos, os estoy hablando de una de las mejores teorías del  gran Karl Marx. Para aquellos a los que les pille lejos deben saber que Marx consideraba que los trabajadores, y el mundo en general, estamos alienados, es decir, nuestros actos no forman parte de nosotros ni de nuestras intenciones verdaderas, pues en el fondo sólo esperamos una pequeña recompensa por ello. Nosotros mismos nos ponemos precio en el triste mercado de la prostitución capitalista. 
Y así es, estamos alienados, alienados y explotados.Está claro, Europa posee en estos momentos la bolsa de esclavos mejor preparada de todos los tiempos. 
Es triste, muy triste, más que nada porque esta maniobra ha hecho que caigamos como moscas en una red peligrosa que, cegados por el miedo y el acoso económico, no hemos sabido ver. 
Una red en la que los valores más básicos, como son el respeto, la sinceridad, o la fidelidad, han sido sustituidos por sueldo, competitividad, e individualismo. 
La crisis ha sido la herramienta perfecta para hacer de la humanidad un rebaño de borregos asustados, aturdidos y doblegados. Un rebaño de personas que no saben vivir sin móvil, o sin televisión. Un rebaño de egoístas que cambiarían a su mejor amigo por un puesto fijo en cualquier empresa de élite. Un rebaño de incompetentes que prefieren encarcelar estudiantes el día quince de cada mes a quitarse de encima a aquellos que les roban día sí y día también. 
Pero por favor, que más queremos después de escuchar a un niño de ocho años decir que de mayor quiere ser político porque se gana mucho dinero. ¡Ese niño debe querer ser astronauta!
Como podemos comprobar, la maniobra ha sido puro éxito. Ahora nadie se atreve  a soñar, ni a ser un héroe, ni siquiera se atreven a mirarse a los ojos entre ellos. 
Nuestra escala de valores está en la ruina, apenas quedan unas pocas columnas de nuestra pequeña y antigua torre de Babel. Pronto hablaremos de ella como quien habla de las ruinas de Pompeya. Sólo quedan cenizas, cenizas y siluetas viejas.
Supongo que las consecuencias son obvias... Todo el mundo habla de dinero, y ya nadie se acuerda del amor, de ese amor y esa razón que tan humanos nos hacen.

Señoras y señores, niños y niñas... Sé que están hartos de oírlo, pero el mundo está sufriendo una crisis, una profunda crisis de valores.


M.C.















lunes, 22 de julio de 2013

Y es que el amor eterno, amigo, el amor eterno sabe amargo.



Amargo, sí, y digo amargo no porque no me guste
de veras,
digo amargo, porque la amargura es un sabor difícil
difícil  de describir, difícil  de saborear.
Amargo.
Difícil de decir, de mezclar con otros sabores
Difícil de encontrar.
Sólo en el hueso de la almendra, la rúcula, el diente de león, el café, la cerveza, la mostaza china, el licor amareto...
En fin, en pequeñas delicias a prueba de bocas caprichosas
¿No te suena eso? es como el amor eterno
que sólo se encuentra en pequeños detalles
¿No ves, de veras, que el sabor amargo se asemeja al amor?
porque se pega en el paladar y, de verdad amigo, que cuesta despegarlo.
Porque siempre nos sorprende en la calle y en las ensaladas,
en la cama y en el chocolate sin azúcar
Ambos llegan con el mismo traspiés
con la misma tormenta en la cabeza.
Porque nadie va buscando continuamente ni amor eterno, ni sabor amargo
y en cambio, cuando se encuentran, se reciben con la misma pausa de asimilación que precede al instante de la muerte, a la torpe forma con que descubrimos que estábamos soñando
breve mueca, entre sonrisa y sonrisa disimulada
Ves, amigo, como me gusta el amor eterno,
me gusta porque no sabes que es eterno hasta que un día me muero y resulta que tú sigues a mi lado,
agarrando mis ojos fríos con los tuyos
atrapando los recuerdos bajo el dosel de nuestra cama.
Una sorpresa del tiempo, de los sabores de la vida.
Porque la eternidad no dura más de un día, de un segundo
de este segundo
ves, como el sabor amargo cuando el licor amareto deja su hueco vacío en la copa
la eternidad ya ha pasado y nuestro amor sigue.

domingo, 21 de julio de 2013

Las puertas se abrieron y la vida se bajó del tren.

Qué fuerte sonaban mis tacones azules sobre las baldosas grises de la vieja estación de trenes.
Era invierno y las frías puertas verdes chirriaban más de lo normal. En los cristales empañados aún quedaban restos de pequeños dibujos que los viajeros aburridos habían hecho con sus dedos. Frases de canciones, corazones, caras sonrientes, fechas... Cientos de huellas dactilares dejaban sus mensajes a su paso por la vieja estación.
Fuera, en el andén, la nieve caía sobre las vías.
Tomé asiento y el helador banco de piedra tardó en parecer cálido bajo mis piernas.
Frente a mí dormitaba bajo la tempestad un talgo de color azul, desvaído a causa del tiempo.
Los oxidados vagones habían permanecido inmóviles desde hacía más de treinta años.
Me parecía una locura, pasar tu vida viajando, uniendo y separando personas, dando cobijo a los solitarios, cargando con las lágrimas y los sueños de tantos, para luego, sin más,  morir así. Tan quieto y tan vacío. Tan lejos de los mapas, de los relojes ansiosos, de las maletas de piel, de los silbidos de partida. Tan lejos de los bostezos, de los libros de viaje y el ruido de las radios. Del humo de las pipas, de los brillantes zapatos y sus tropiezos en la escalera. Lejos del mar, de la montaña, de los abrazos, de los regalos de bienvenida, de los perdones de última hora... Lejos de los besos, de los pañuelos al aire, de los encuentros casuales, de las conversaciones entre desconocidos. Lejos de vagabundos, de magos y músicos callejeros.
Lejos, en resumen, de aquello a lo que damos el nombre de vida. Y es que para los trenes, al igual que para nosotros, morir es, al fin y al cabo, alejarse de ella. Llegar un día a una vieja estación y apagar, para siempre, nuestro cuerpo. Dejar que el frío entre y juegue silencioso sobre nuestra piel, de vagón en vagón, como hace el viejo talgo.
Mi abrigo de invierno comenzaba a escarcharse cuando sonó un lento traqueteo. A mi derecha avanzaba un tren procedente de Madrid, era rojo y en su interior brillaba una cálida luz anaranjada. En los cristales empañados había, garabateados por los viajeros aburridos, cientos de dibujos...
Las puertas se abrieron y la vida se bajó del tren.
Vino en forma de mujer con abrigo rojo y guantes negros, en forma de niños con manoplas y gorros de lana. Vino en forma de jóvenes enamorados, de anciano fumador, de hombre de negocios, de estudiante de francés, de directora de teatro. Trajo maletas, paquetes con lazos, una botella de anís, una cámara fotográfica, maquillaje, vestidos y zapatos caros, trajo perfume, una baraja de cartas y trufas. Corrieron, rieron, cerraron los botones de sus abrigos y se fueron.
El silencio regresó, el frío recuperó su fuerza, y solo las huellas en la blanca nieve revelaban que, en verdad, por ahí había pasado un remolino de vida, de vida breve, de vida que viajaba en un tren.

jueves, 11 de julio de 2013

Gracias J.

De veras... ¿No te cansas de verme sonreír?
¿Es que acaso no tiene fin tu indomable paciencia?
Empiezo a pensar que vives para que yo viva feliz. Que sueñas para despertarme con los pájaros de tu cabeza. Que cuidas el mundo para que yo disfrute con él.
A veces pienso que no quieres ver más allá porque para ti no existe aquello que no esté bajo la sombra de mis pestañas.
A veces pienso que soy el centro de tu pequeño universo. La causa de tus causas.
De veras... ¿No te cansas de darme motivos? ¿no te cansas de que me pase el día revoloteando a tu alrededor?
Soy inagotable cuando se trata de ti. Soy eterna cuando se trata de ti. Soy la mejor cuando se trata de ti.

viernes, 21 de junio de 2013

Y en ocasiones ocurre que uno se enamora.


Hay tantas  formas, tantas coincidencias, tantas personas para elegir.
Elegir...
Esa es la principal causa por la cual el amor es a veces una mierda.
Hay quien dice que el amor solo es verdadero cuando implica una eterna dedicación, única e irremplazable hacia quien amamos. Cierto, no obstante... ¿Quién niega que el hecho de enamorarse continuamente de infinitas cosas, momentos, vicios y personas es inevitable? nadie.
Lo es, joder, y hasta el ser más oscuro y escondido acepta su amor hacia  la señorita soledad. Hasta la princesa más comprometida y más enamorada de todos los cuentos no puede esconder su amor por el dragón que tan fiel le es.
Ahora si, ¿cómo concentrar todo tu amor en un solo sujeto?
Existen mil técnicas, mil libros, mil filosofías sobre como amar bien. Yo, sinceramente, encuentro triste la vida del  monógamo. Para qué engañarnos, el mundo está hecho para que nos enamoremos y no hacerlo sería tirar por la borda todo aquello que merece la pena.
Enamórate. Ama todo lo que puedas. Sé fiel a todos y cada uno de tus vicios. Porque elegir es la peor forma de echar pestilllo al corazón. Elegir crea en nuestra mente una jerarquía con todas aquellas cosas que por unos u otros merecen ser amadas. Primer plato, segundo plato, tercero, cuarto...
Qué triste ¿no creen? el mejor sentimiento humano convertido en pesadilla. En dolor...
Yo, muy a menudo, me enamoro. Dos veces al día mínimo. Y hay amores que se olvidan al rato, hay otros que tardan algún día, otros son más pesados e incluso duelen un poco... y otros, amigos, parece que nunca vayan a terminar.  Les cuido a todos por igual, y aunque no siempre es fácil, sé, que la vida enamorado y enamorando es mucho mejor que la de aquel que se resigna a ello.

lunes, 17 de junio de 2013

Utiliza escalera, la Luna está más cerca de lo que piensas.



Miren, una de las siete maravillas del verano, y digo siete porque parece que suena mejor, es, después por supuesto de la siesta sobre las sábanas frías a eso de las cuatro de la tarde, el poder sentarse por la noche a mirar el cielo. Ese cielo limpio y cálido que se tiñe con luz de estrellas. Esas noches eternas en las que sientes en verdad lo insignificante que eres en mitad del espacio infinito, entre tanta esfera brillante, entre tanto baile perfecto. Ese vértigo. Ese frío propio del miedo.


Casi todo el mundo se asusta cuando siente ese vacío, o se asusta o se vuelve loco bajo ese ansia típica de nuestro género por desvelar los misterios del universo. A mí, me suele entrar la risa. A veces sentirse solo, perder el sentido de nuestro mundo inventado, es realmente divertido.


Vemos la Luna, ahí, revolcándose por el cielo, provocándonos con su sonrisa desdentada. Y si no fuese porque alguien ya ha estado allí, doce "alguienes" en concreto, me atrevería a decir muchas cosas sobre ella. No obstante, no vamos a cuestionar la ciencia de nuestros intrépidos exploradores, al fin y al cabo, quién no quisiera dejar su huella en las alturas, en la historia de la humanidad. Yo siempre me vi capaz, aunque sin duda alguna no lo habría hecho tan bien como ellos. No, seguro que no... yo, para subir, habría optado por la clásica idea de la escalera, y la primera huella habría sido la de mi pie descalzo sobre la arena blanca. ¿Botas de goma? Venga, seamos un poco más románticos.


En fin... es igual, quién fuera Neil Armstrong, o cualquiera de esos doce privilegiados con botas de goma.


Supongo que en el futuro nuestro cercano satélite se convertirá en un destino turístico más, en una bola de polvo blanco pisoteado, y el placer de sentirse diminuto tendremos que buscarlo más allá de las cervezas con amigos en las cortas noches de verano.


Así que aprovechen todo cuanto puedan amigos, porque vivimos en un mundo en el que la multitud tiende a degradar la esencia de las cosas.

¿Por qué? Porque tenemos miedo de andar sin nuestras botas de goma, de cansarnos si la escalera del escapismo es demasiado larga. Por eso siempre buscamos que todo sea más fácil, y los grandes retos pasan a ser caminos cortos hacia una felicidad que lo mediocre hace cada vez más lejana.

Olvidamos que no todos los héroes llevan capa, culpamos a la costumbre de escarchar con su rutina el éxtasis de la vida y continuamente convertimos los milagros y los tesoros en negocios de lo cotidiano.




jueves, 13 de junio de 2013

Su pausada forma de ver la vida.



Creo que jamás olvidaré esos ojos oscuros y chisposos.

Se llamaba Pedro. Le llamábamos, Pedro el de la cafetería.

Aún recuerdo el primer día que me invitó a sentarme en aquel taburete y me hizo contarle todo aquello que me procupaba.

No sé cuantas veces tuvo que levantarse para dar la vuelta a esa vieja cinta de música en la que sonaba Bruce Springsteen...

Tampoco sabría deciros cuantas veces más he vuelto para sentarme en el mismo taburete y escuchar sus consejos, su experiencia, sus palabras de cariño y ánimo, su pausada forma de ver la vida.

Seguro que en la cafetería de la facultad no habrá un hombre que quiera sentarse a escucharme ni mucho menos que me reciba con esa alegría...

"Princesa"... me decía.

Recuerdo su cara cuando pensaba, cuando dejaba la mirada en el infinito. Parecía que estaba viendo lo que yo le contaba como quién mira con nostalgia una vieja película.

No sé... pero ¿por qué hay personas en el mundo con las que inevitablemente conectas? Personas que se consideran especiales mutuamente y que son capaces de confesarse secretos sin apenas conocerse. Personas que son capaces de parar el tiempo y de hacernos ver el día a día con una dedicación única.

Nos separan 40 años de vida y aún así podemos decir que nos echaremos de menos.



MC.

Búscala, existe.




Busca una mujer cuyos labios no pierdan volumen cuando los beses. Que sus mejillas no palidezcan cuando las acaricies y que sus ojos no queden blancos cuando llore.

Que sus cabellos se enreden entre tus dedos, que su cuerpo multiplique su hermosura cuando esté desnuda...

Busca una mujer cuyo perfume no vayas a encontrar jamás en ningún otro cuello. Cuyas piernas sean bonitas en verano bajo el sol, y en invierno tras unas medias negras.
Busca que le queden bien las uñas pintadas, sin pintar, con guantes de podar, de ante y de cuero.
Busca una mujer cuyo futuro imagines hermoso. Cuya mente guarde cosas hermosas y cuyas palabras te digan mucho más de lo que por si solas pueden.
Busca con ella los momentos de piano, de sábanas y sol, de risa repentina. También busca los momentos de incendio, de rock and roll y de soul. Busca una mujer que cante con su voz y ría con todos los dientes.

Distracción.



Mi nueva profesora de lengua y literatura está embarazada. Parece una estupidez pero para mi se ha convertido en un motivo de distracción considerablemente molesto.

Cada dos por tres pierdo el hilo y me quedo embobada, mirando su inflado vientre.

Pensar que ahí dentro hay una nueva persona, con una nueva vida por gastar.

Imagino perfectamente la placenta al trasluz, la pequeña silueta escuchando la voz de su madre hablando de elementos extraoracionales, de viejos autores que ya nadie lee, de análisis morfológicos aparentemente imposibles... Imagino que su corazón se acelerará cada vez que nosotros rompemos ese silencio con alguna carcajada.
Entonces, me asalta una duda "¿qué vida le depara al pequeño?" nacerá, habiendo olvidado todo aquello que se sabe antes de nacer, amará la literatura como su madre, vivirá rodeado de clásicos, de sueños, de mundos que ya no existen, crecerá en un colegio pequeño de alguna localidad segoviana, entre niños, plantando árboles y buscando duendes hasta entrada edad, pasará, como todos, la turbulenta adolescencia, incluso dejará de lado sus ideales y valores de cuento para después, sin previo aviso darse de morros con la vida. Estudiará en una universidad, con un sistema educativo que jamás entenderá, para que llegue el día en que deba quitarse la venda de los ojos, saliendo al mundo del empleo para conducir el resto de su vida a ritmo de una sociedad europea cada vez más decadente. Y a su vez acercándose a velocidad vertiginosa, al temido final que a todos nos intriga, y deseando que éste llegue con los fondos suficientes para pagar una incineración que dará su fruto con una bella planta de jazmín.
No quiero irme por las ramas pero si estuviese en uno de mis momentos más pesimistas me atrevería a dar dos toquecitos sobre su guarida y le diría bajito "no salgas, continua tu camino... aquí el mundo no está hecho para ti".
Ni para él, ni para mí, ni para ti, ni para todo aquel que piense un poco más de la cuenta.
Entonces, cuando me dispongo a retomar la interesantísima sintaxis, me entra una nueva duda... ¿qué sería del mundo sin los soñadores, sin los artistas, sin los músicos, sin los reposteros, sin los niños, sin todos aquellos que dedican su vida a los demás? ¿sin los que odian el zoo, sin los que aman el silencio, sin todos aquellos que estudian realmente lo que quieren, sin los no usan paraguas, sin los que aún con prisa son muy felices un viernes por la noche en pleno atasco saliendo de Madrid?
Como muchos otros no sé de donde venimos ni a donde vamos. Pero puedo aseguraros, y esto con total certeza, que merece la pena pasar este dulce y amargo trago.


MC.

azul de beso largo



Estamos muy cerca... 3, 2, 1... labios juntos.

Entonces todos los pensamientos aparecen a la vez. Busco algo, algo que me obligue a pensar que todo merece la pena todavía. El tiempo quizás. Un momento de euforia, un abrazo que se dio en el momento exacto.

Busco.

Dejo de sentir el suelo y el aire, como en el típico beso apasionado. Y lo pienso, y recuerdo que ese suelo y ese aire existen.
Dejo el beso en manos del cuerpo y salgo para verlo desde fuera.
Es hermoso. Como todos los besos del mundo.
Un suave mordisco despierta mi cuerpo y sonrío. Y vuelvo en busca del porqué. ¿Por qué te acabo de prometer más besos? ¿Por qué te pido que recuerdes que me quieres? ¿Por qué ahora y no antes ni después? ¿Por qué ultimamente lo pienso tanto?

Suena un móvil.
3, 2, 1...
Fin del beso. Abro los ojos y todo se ve azul. Azul frío. Azul de beso largo.

MC.

1995-2013






Jamás olvidaré ese frío de la madrugada segoviana.

Salí a tomar el aire. Abajo, tras esas escaleras que antes fueron un antiguo teatro, la gente se divertía a base de ritmos binarios y alcohol.

Celebrabamos un final, una despedida, un hasta nunca... aún no he logrado entender el porqué de esa fiesta. En fin, paradojas de la vida.

Era ese momento de la noche en el que ya no soportas los tacones y prefieres el suelo frío, ese momento en el que la sangría ya no hace efecto y las medias han desaparecido entre tanta carrera. Ese momento en el que piensas que ya es hora de empezar el camino inverso, el esfuerzo empleado ha surtido la noche con sus efectos, el objetivo final era ese y ya ha ocurrido. Ahora toca recoger, volver a ser tú, plantear los nuevos caminos, dormir y recuperarse pronto...
Dicen que evitar el pasado es la mejor forma de encaminar el futuro. Siempre fuí reacia a seguir ese consejo tan triste, hasta esa noche.
Porque entonces descubrí que me había enamorado de la forma más tonta y ruin que existe. Me había enamorado de muchas cosas y de una en concreto, y todas ellas debían desaparecer antes de que saliese el sol. Joder, parecía una estúpida cenicienta con zapatos de ante azul.
Sabía, y sé, que nos encontraremos muchas más veces, que habrá cervezas, y habrá un pasado, pero la forma mágica de ver las cosas tiene que cambiar, y tiene que cambiar ahora, YA, de hecho... tendría que haber cambiado esa noche.
Y entre tanta tristeza volví a ser yo, y me cansé de las miradas fugitivas de los porteros de la discoteca, de los comentarios de infinitud de imbéciles que se agolpaban en la puerta, del ruido con el que los demás bailaban.
Entonces me fui, por la misma calle por la que te ibas tú solo que con una única diferencia: yo, ya no te recordaba. Me juré olvidar ese guiño de ojos, esa vida corta que compartimos.
Salió el sol, y todos y cada uno de nosotros empezamos de nuevo, un camino inverso, una vida distinta.

MC.